Libros de Armando Zandanel


 

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Historias puestas en el cielo - (5ta. parte)

Historias puestas en el cielo

Quinta Parte

Desde el nacimiento del Hombre, el eterno cielo estrellado ha sido siempre su fiel acompañante, nuestros antepasados gozaron de las noches estrelladas, y de las historia puestas en el cielo que afloraban hasta en la poesía épica, por ejemplo Homero (siglo VIII a.C.), en el Canto XVIII de la Ilíada, hace una pausa en su narración de las batallas para describir literariamente el escudo de Aquiles, salido de la forja de Hefesto (Hephaistós), a petición de la nereida Tetis:


(478) Hizo lo primero de todo un escudo grande y fuerte, de variada labor, con triple cenefa brillante y reluciente, provisto de una abrazadera de plata. Cinco capas tenía el escudo, y en la superior grabó el dios muchas artísticas figuras, con sabia inteligencia.


(483) Allí puso la tierra, el cielo, el mar, el sol infatigable y la luna llena; allí las estrellas que el cielo coronan, las Pléyades, las Híades, el robusto Orión y la Osa, llamada por sobrenombre el Carro, la cual gira siempre en el mismo sitio, mira a Orión y es la única que deja de bañarse en el Océano.


(490) Allí representó también dos ciudades de hombres dotados de palabra....”


Del conjunto de tradiciones, cuentos, leyendas y narraciones orales o escritas que se relacionan con el cielo y que involucran divinidades, personas, animales reales o fantásticos elegimos compartir los siguientes:


Choiols, el rastro del avestruz en el cielo


Cuenta una leyenda Tehuelche la historia de la caza de un gran avestruz macho (Kakn) utilizando el sistema de caza en cerco llamado "a orke" (corral).

Era ya la tardecita, el campo estaba lindo, recién acababa de llover y había salido radiante el sol entre las nubes. Al cerrar el cerco los paisanos, Kakn huía velozmente para quedar fuera del alcance de sus perseguidores, enfilando al sur.. 


¡Allá va! ¡Allá va! ¡Entró en el bajo del matorral! No le aflojen! ¡Esta vez es nuestro! ¡Shotel! ¡Shotel! gritaban algunos, indicando que le tiren flechas, ya que entre las matas se enredaban las boleadoras y con un zumbido las flechas cruzaban el aire, desviándose al fin entre las ramas de los calafates o de las matas negras, sin que ninguno lograra clavarse en el escurridizo cuerpo de Kakn. 


- ¡Allá va faldeando la loma! Avisó uno de ellos y tres hombres jóvenes, altos y ligeros corrieron hacia la parte más empinada del faldeo para que no se les volviera a perder en los matorrales del bajo. Los hombres más pesados y lerdos se iban quedando atrás agotados por el esfuerzo, otros, jadeando mantenían el ritmo de la marcha cada vez más lenta, distanciándose de la posible presa.

Sobre el filo de la meseta, el sol había pintado un hermoso arco iris (Gijer), anunciando el fin de la lluvia y en esa dirección corría el grupo encabezado por el avestruz, en procura él de salvar su vida, y los restantes en quitársela. Un duelo terrible y milenario por la supervivencia, repetido una vez más en el desértico paisaje patagónico. 
- El zumbido de los latchicoi y los gritos de la gente, cada vez más lejanos para el ave, parecían indicarle que por ahora, seguiría gozando de la vida. 
- Korkoronke, el más ligero y resistente del grupo, cortó campo trepando por una barranca basáltica que coronaba la empinada cuesta acortando distancia para bolearlo al cruce, pero el astuto animal ayudado por su instinto de conservación, alcanzo a verlo asomar y girando bruscamente, sin titubear se dirigió al borde del abismo, justamente donde se apoyaba una de las puntas del arco iris y ante el asombro de los perseguidores, continuó corriendo hacia arriba. ¡Estaba trepando por el arco iris! 

Azorados, los cazadores se quedaron un largo rato mirando como Kakn, con largas y elásticas zancadas seguía subiendo sobre los colores, como si fuera etéreo. 
Korkoronke, saliendo de su estupor, hizo girar sus boleadoras, primero lentamente, luego aumentando la velocidad hasta lograr el máximo impulso y se las arrojó en un último y desesperado esfuerzo por bolearlo.
El viejo avestruz hizo una gambeta dando un paso al costado, haciendo pasar las boleadoras de largo, pero dejando impreso su rastro en el cielo para siempre, al que los tehuelches llamaron "Choiols" que en su legua significa precisamente "Rastro de avestruz en el cielo", el que fue y sigue siendo el inevitable punto de referencia para indicar el rumbo sur.

Korkoronke tampoco halló jamás su latchicoi, aunque cuentan los viejos paisanos que desde esa noche comenzó a brillar en el cielo un nuevo grupo de estrellas a las que dieron el nombre de "cheljelen" (posiblemente las tres Marías".
Al llegar esa noche a los Kau, los paisanos contaron lo que les había sucedido con Kakn, pero evidentemente nadie les creyó, burlándose de los fallidos cazadores. Sin embargo, vieron por primera vez, no sin gran asombro, brillar en el cielo a las nuevas estrellas. 


  

Créditos:
Ilustración Portada:  "Ñandú" - Mario Echeverría Baleta


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