Libros de Armando Zandanel


 

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Historias puestas en el cielo - (6ta parte)

Historias puestas en el cielo

Sexta Parte

Desde el nacimiento del Hombre, el eterno cielo estrellado ha sido siempre su fiel acompañante, nuestros antepasados gozaron de las noches estrelladas, y de las historia puestas en el cielo que afloraban hasta en la poesía épica, por ejemplo Homero (siglo VIII a.C.), en el Canto XVIII de la Ilíada, hace una pausa en su narración de las batallas para describir literariamente el escudo de Aquiles, salido de la forja de Hefesto (Hephaistós), a petición de la nereida Tetis:


(478) Hizo lo primero de todo un escudo grande y fuerte, de variada labor, con triple cenefa brillante y reluciente, provisto de una abrazadera de plata. Cinco capas tenía el escudo, y en la superior grabó el dios muchas artísticas figuras, con sabia inteligencia.


(483) Allí puso la tierra, el cielo, el mar, el sol infatigable y la luna llena; allí las estrellas que el cielo coronan, las Pléyades, las Híades, el robusto Orión y la Osa, llamada por sobrenombre el Carro, la cual gira siempre en el mismo sitio, mira a Orión y es la única que deja de bañarse en el Océano.


(490) Allí representó también dos ciudades de hombres dotados de palabra....”


Del conjunto de tradiciones, cuentos, leyendas y narraciones orales o escritas que se relacionan con el cielo y que involucran divinidades, personas, animales reales o fantásticos elegimos compartir los siguientes:


Un conejo en la Luna


Cuando era un niño muy pequeño aprendí a reconocer la forma de un conejo en la Luna, pasó mucho tiempo hasta que leí una antigua leyenda maya que intenta explicar el porqué de esa forma animal que se adivina de noche si miramos hacia el astro nocturno:

Quetzalcóatl, el dios grande y bueno, se fue a viajar una vez por el mundo en figura de hombre. Como había caminado todo un día, a la caída de la tarde se sintió fatigado y con hambre. Pero todavía siguió caminando, hasta que las estrellas comenzaron a brillar y la luna se asomó en los cielos. Entonces se sentó a la orilla del camino, y estaba allí descansando, cuando vio a un conejito que había salido a comer.


-¿Qué estás comiendo?, -le preguntó.

-Estoy comiendo zacate. ¿Quieres un poco?

-Gracias, pero yo no como zacate.

-¿Qué vas a hacer entonces?

-Morirme tal vez de hambre y sed.


El conejito se acercó a Quetzalcóatl y le dijo:

-Mira, yo no soy más que un conejito, pero si tienes hambre, cómeme, estoy aquí.


Entonces el dios acarició al conejito y le dijo: Tú no serás más que un conejito, pero todo el mundo, para siempre, se ha de acordar de ti. Y lo levantó alto, muy alto, hasta la luna, donde quedó estampada la figura del conejo. Después el dios lo bajó a la tierra y le dijo: 


 -Ahí tienes tu retrato en luz, para todos los hombres y para todos los tiempos.





Créditos:
Foto Portada: Pixabay.com


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