Libros de Armando Zandanel


 

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Historias puestas en el cielo - (7ma. parte)

Historias puestas en el cielo

Séptima Parte

Desde el nacimiento del Hombre, el eterno cielo estrellado ha sido siempre su fiel acompañante, nuestros antepasados gozaron de las noches estrelladas, y de las historia puestas en el cielo que afloraban hasta en la poesía épica, por ejemplo Homero (siglo VIII a.C.), en el Canto XVIII de la Ilíada, hace una pausa en su narración de las batallas para describir literariamente el escudo de Aquiles, salido de la forja de Hefesto (Hephaistós), a petición de la nereida Tetis:


(478) Hizo lo primero de todo un escudo grande y fuerte, de variada labor, con triple cenefa brillante y reluciente, provisto de una abrazadera de plata. Cinco capas tenía el escudo, y en la superior grabó el dios muchas artísticas figuras, con sabia inteligencia.


(483) Allí puso la tierra, el cielo, el mar, el sol infatigable y la luna llena; allí las estrellas que el cielo coronan, las Pléyades, las Híades, el robusto Orión y la Osa, llamada por sobrenombre el Carro, la cual gira siempre en el mismo sitio, mira a Orión y es la única que deja de bañarse en el Océano.


(490) Allí representó también dos ciudades de hombres dotados de palabra....”


Del conjunto de tradiciones, cuentos, leyendas y narraciones orales o escritas que se relacionan con el cielo y que involucran divinidades, personas, animales reales o fantásticos elegimos compartir los siguientes:


El Hain y el mito Ona de la pelea del Sol y la Luna


Cuentan que en la isla de Tierra del Fuego, las familias Onas solían reunirse alrededor de las fogatas y escuchar historias de sus mayores de cosas sucedidas en otros tiempos. Una de ellas relata que en tiempos muy lejanos la Luna Krah y el Sol Krenn vivían en la Tierra. En esa época las cosas eran al revés, por entonces las mujeres tenían dominados a los hombres y mientras ellas salían a cazar, ellos debían cumplir con las tareas domésticas: cargar los bultos, cocinar, cuidar a los bebés o acarrear el agua hasta las chozas.


En determinadas ocasiones las mujeres, dirigidas por Krah, se reunían en un amplio toldo para llevar a cabo una ceremonia secreta que se llamaba hain. El hain era una especie de fiesta donde las jovencitas eran proclamadas mujeres y donde la presencia de los varones estaba prohibida. Durante el rito, las participantes se reunían alrededor del fuego y se disfrazaban: se pintaban el cuerpo con arcilla roja y blanca y se cubrían de plumas. Los hombres, mientras tanto, escuchaban los gritos y no se atrevían a acercarse por miedo a contrariar a los espíritus convocados. 


Pero un día tres hombres jóvenes, osados y curiosos llamados Sit, Kehke y Chechu se resolvieron a espiar a las mujeres durante el Hain. Querían saber qué pasaba en la choza prohibida y develar el secreto del poder femenino. Los tres hombres se fueron acercando con sigilo, mirando atentamente a su alrededor y ocultándose cuando les parecía necesario. Al llegar junto al toldo y atisbar por entre las junturas de los cueros se dieron cuenta de la gran verdad: los temidos espíritus no eran más que sus propias mujeres, a quienes reconocieron una por una. Lleno de rabia, Sit lanzó un fuerte silbido de aviso, y todos los hombres corrieron hacia la choza donde se desarrollaba el hain provistos de piedras y palos. Todos juntos se lanzaron contra las mujeres y las golpearon hasta matarlas.
Rápidamente Krah apagó el fuego sagrado y quiso organizar la defensa, pero Krenn la enfrentó, y en la lucha Krah cayó sobre las brasas y se quemó la cara.

El cielo embravecido por la cruel acción de los hombres descargó una violenta tormenta que le permitió a Krah escapar.


Cuando los hombres se calmaron, contemplaron desolados los despojos. Comprendieron que no podrían seguir viviendo allí y decidieron marcharse. Hombres, niños y niñas pequeñas se dirigieron hacia el Este, muy lejos, más allá de los mares, donde el mundo se acaba. Y allí se quedaron durante mucho tiempo, llorando a sus mujeres muertas y su soledad. Sólo cuando las niñas se convirtieron en jovencitas los hombres decidieron volver a su tierra para repoblarla y comenzar de nuevo. Pero la vida de los Onas nunca volvió a ser la misma.


Después de la derrota, Krah, desesperada de dolor y humillación, se sumergió en el mar, nadó hasta el horizonte y desde allí subió al cielo, que sería desde entonces su nueva morada. Estaba furiosa con Krenn, con los hombres y con todos los espíritus masculinos, pero también se sentía ufana de ser la única que había salvado la vida. El Sol fue tras ella, burlándose de su cara manchada por los moretones y las quemaduras, pero no pudo ni podrá alcanzarla jamás. La gran persecución se repite todos los meses. Krah asoma poco a poco su rostro dolorido y se muestra por completo, clara y redonda, pero cuando divisa a Krenn y comprende que él sigue dispuesto a maltratarla, comienza a esconderse hasta desaparecer. 


La Luna es rencorosa, recuerda siempre el tiempo en que era reina y señora y no perdona a los Onas, que ayudaron a Krenn a destronarla. Por eso envía desgracias a la Tierra y se lleva a los niños cuando las madres se descuidan. Los Onas le tienen mucho miedo, no se alejan de sus toldos por las noches, no se unen con sus mujeres en luna llena y convocan a los hechiceros para que, con sus cantos, destruyan el influjo de Krah. Muchas veces la maldicen levantando sus puños hacia el cielo, ordenándole que se vaya y deje de enviarles tormentas y enfermedades. 


Ella, como si obedeciera, desaparece por unos días, pero luego, burlonamente, vuelve a asomarse. Una vez cada tanto, Krah no adelgaza sino que empieza a ponerse oscura y permanece así, como tiznada por el odio. Entonces los Onas siguen el mandato de sus hechiceros y resisten ensimismados, rogando todos juntos para que pasen pronto las horas angustiosas del eclipse.

Créditos:
Foto Portada:  Hain - tomada del sitio https://www.mitos-cortos.com


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